Mi nueva realidad: el cuerpo de Elena
Todo empezó en la noche de nuestro octavo aniversario, una noche romántica que se volvió sensual al llegar a casa. Nos servimos café y platicamos un poco antes de ir a la acción. Elena se veía hermosa con ese vestido rojo que resaltaba todas sus curvas, se veía tan hermosa como siempre.
Ella puso sus manos en mi pecho y me pidió subir a divertirnos, acepte sonriente. Al subir Elena se quitó su vestido, ya estaba lista para coger salvajemente. Yo estaba de espaldas, me quite mi camisa y me quedé solo con mis pantalones, sentí el calor de su mano pequeña agarra la mía y dirigirme a la cama.
Elena llevaba un conjunto gris claro de encaje que le quedaba de infarto: el push up del brasier empujando sus tetas perfectas, el cachetero marcando su culo redondo y perfecto. Nos miramos por encima del hombro y sonreímos.
Entonces Elena vio un collar antiguo con un pendiente de estrella que estaba en la mesita. «Mira esto, Javier… nunca lo había visto. ¿Que será?»
Yo respondí «Ah, eso es un collar que mi madre me dio para ti, ¿es lindo, no?»
Ella sonrió pero al tocarlo un destello blanco nos rodeó. Sentí como mi alma se arrancaba de mi pecho y se metía en otro cuerpo. Cuando abrí los ojos… todo había cambiado.
Estaba más chaparro. Sentía un peso en mi pecho, al voltear abajo descubrí que eran dos tetas, grandes y firmes. Mi piel ahora era suave, sin vello. Entre mis piernas… nada. Solo una vagina húmeda y palpitante que ya se estaba mojando solo con la sorpresa. Toqué mi cara: labios carnosos, cejas perfectas, cabello largo y ondulado cayendo sobre mis hombros. Estaba en el cuerpo de Elena.
Me giré. Frente a mí estaba mi propio cuerpo musculoso, con el torso desnudo… pero con una cara de terror.
«¡Javier! ¡Qué chingados! ¡Estoy en tu cuerpo!» gritó con mi voz grave, mirándose las manos grandes.
Yo respondí con su voz dulce y sexy:
«Y yo, Elena… estoy en el tuyo. Y es extraño… siento los pechos pesados, y como la tela roza mis pezones… y aquí abajo… estoy mojado... Esto es una locura… me siento tan diferente...»
Nos miramos. El shock duró tres segundos. Ambos nos sonreímos con complicidad y dejamos que la lujuria nos devorará.
Me subí a la cama me puse en cuatro patas, exactamente como ella solía provocarme. Miré hacia ella con su sonrisa coqueta, y moviendo las caderas.
«Que ¿No te gusta la vista, “Javier”? Ahora soy yo el que tiene este culo perfecto. Quieres tocarlo?.»
Ella (en mi cuerpo) se acercó, sus manos grandes y fuertes apretando mis nalgas. Gemí alto, el placer era más profundo y más intenso en este cuerpo. Con una sonrisa en la cara de ambos la avente a la cama y comencé a juguetear un poco con cierre del pantalón mientras hablaba.
«Es increíble… ahora entiendo por qué gemías tanto cuando simplemente te rozaba» dije, llevándome una mano entre las piernas y frotando mi vagina mojada. «soy tan sensible… cada roce me hace temblar.»
Me monte en ella, sentí un bulto cada vez más creciente chocar con mi vagina así que me incliné un poco hacía enfrente y hundí su cara entre mis tetas. Ella comenzó a quitarme el brasier. Mis pezones ya estaban tan duros que rozaban con la tela del bra, solo se calmaron cuando sus labios comenzaron a darles besitos.
«Chúpamelas. Chupa mis tetas como yo te las chupaba, verás que es una gran sensación tener un lindo pezon en tu boca.»
Ella obedeció con gusto. Su lengua (mi lengua) rodeó un pezón, lo succionó fuerte. Un grito escapó de mi garganta nueva.
«¡Aaaah! ¡Que rico, sí! Nunca supe que se sintiera así... »
Seguido de eso me levanto y me quitó las pantis. Ahora estaba completamente desnudo en el cuerpo de Elena. Me arrodillé frente a ella y ahí estaba mi antigua verga —gruesa, venosa, dura como una roca— palpitando frente a mi. La tomé con mis manos suaves, la acaricié, la besé.
«Nunca la vi tan grande, supongo que es esta perspectiva… y ahora tengo la curiosidad de que me la metas toda.»
Elena sonrió y me empujó gentilmente hacia la cama. Yo, aceptando mi rol abrí mis piernas y ella se colocó entre ellas. La punta de su verga (mi verga) rozó vagina hinchada.
«¿Listo para sentir el cielo con tu propia verga, Javier?» preguntó con mi voz, pero con los ojos de ella brillando de lujuria.
«Metemelá. Cógeme ya.»
Entró despacio. Sentí cómo se abría pasó, cómo mi vagina se ajustaba alrededor de esa verga gruesa que antes era mía. Un gemido largo y femenino salió de mis labios:
«¡Ahhh… sí! ¡Me encanta! Siento cada centímetro entrar en mi… ¡Es tan rico!»
Empezó a moverse. Mis tetas rebotaban con cada embestida. Yo me agarraba a las sábanas, las piernas me temblaban del placer.
«¡Más fuerte, Elena! Cógeme como quisieras que yo lo hubiera hecho. ¡Quiero que me destroces!»
Elena sonrió y cambiamos de posición. Me puse de espaldas, piernas abiertas y levantadas. Ella me sujetaba los muslos con mis propias manos grandes y me penetraba profundo, golpeando ese punto dentro de mí que nunca había sentido como hombre.
«¡Ahí! ¡Ahí mismo! ¡No pares!» gritaba yo, mirando su cara (mi cara) llena de placer. «¡Me voy a correr… en ti cuerpo… con tu verga dentro de mí!»
Sus embestidas se volvieron más salvajes. Mis gemidos llenaban la habitación. Me puse de perrito, sentía como el orgasmo iba creciendo, sin duda era diferente a todo lo que había experimentado antes: más largo, más intenso, sacudiéndome entero.
«¡Me corro! ¡Me corro en tu verga!»
Mi coño se contrajo alrededor de ella, apretándola, chupándola. Ella gruñó con mi voz, me jaló de los brazos y se comenzó a correr dentro de mi vagina, pero de último momento la sacó. Chorros calientes de semen cayeron sobre mi vientre y mis tetas.
«¡Sí! Gran venida eh… me cubriste todo» susurré, pasando mis dedos por el semen y llevándomelo a la boca. «siempre quise probarlo… sabe interesante jajaja.»
Después, exhausto y eufórico, me senté en la cama con las piernas abiertas, las manos cubriendo mis tetas nuevas, sonriendo satisfecha, todavía con el semen resbalando por mi piel.
Elena, jadeando en mi cuerpo, me miró y sonrió.
«Dios mío, Javier… ser tú y cogerme a mi misma es lo más rico que he vivido. ¿Quieres volver a nuestros cuerpos?»
Me acerqué, la besé y susurré contra su boca:
«No todavía. Quiero coger una vez más… Esta noche el dormitorio es nuestro laboratorio… y yo quiero experimentar cada cosa que Elena sentía cuando yo me la cogía.»
Ella rio con mi risa grave, me agarró de la cintura y me tiró de nuevo sobre la cama.
«Entonces prepárate, mi amor… porque esta noche no paramos hasta que ambos nos corramos gritando nuestros nombres… en los cuerpos del otro.»
Y así empezó nuestra nueva vida.
Porque a veces, el mejor sexo es cuando te coges a ti mismo… desde dentro.













No hay comentarios:
Publicar un comentario