Buscar este blog

domingo, 8 de febrero de 2026

Disfrutando el cuerpo de mi esposa

 Mi suegra —ahora mi madre— había llamado esta mañana, su voz llena de preocupación maternal: "Hija, Héctor... Por favor, necesito tu presencia en la cena de caridad de tu... padre, es en el Hotel Imperial. Es por una buena causa y necesitas salir un poco ya ha pasado bastante tiempo. Actúa como Abi sé que es difícil pero sé esa mujer alegre y encantadora que todos conocen. Nadie debe sospechar nada". Suspiré, pero accedí. "Está bien, seño... Mamá. Lo haré, tienes razón". Ahora me encontraba frente al espejo de mi habitación, ajustando el vestido morado que mi "mamá" —en realidad, mi suegra— me había enviado e insistido en usar. 


Era elegante, con un escote profundo que realzaba mis pechos grandes, firmes y marcaba mis pezones ya que era de esos vestidos que no se bedia usar brasier, y una falda que se adhería a mis grandes nalgas y mis muslos gruesos. Me sentía apenado, expuesto, pero al mismo tiempo sensual. Como Héctor, nunca había experimentado esta sensación de ser deseada solo por mi apariencia femenina. "Estás preciosa, Abi", me dije a mí mismo para confirmar lo que veía en el espejo, también comencé a practicar mi voz suave y seductora, imitando el tono coqueto que Abigail usaba para todo: desde pedir un café hasta seducirme en la cama. Esto de fingir se ella ha sido lo más difícil. Recuerdo las primeras semanas después del trasplante: mirarme al espejo y no reconocer mi reflejo, llorar por las noches porque extrañaba mi cuerpo masculino, pero también excitándome al tocar mis senos con pezones sensibles o deslizar mis dedos entre vagina. Me masturbaba casi a diario, al principio con culpa, ya que nunca había visto a mi esposa explorando su vagina húmeda como yo lo hacía, frotaba el clítoris hasta llegar al orgasmo, sintiendo mucho placer que como hombre nunca conocí. "Esto es adictivo", pensaba, "ser mujer me hace sentir vivo de formas que no imaginaba". Pero fingir ser Abi ante el mundo era agotador: sonreír como ella, cocinar sus recetas favoritas para nuestro hijo, incluso contestar llamadas de sus amigas con anécdotas que inventaba sobre la marcha. Solo mis padres —ahora mis suegros— y sus padres —ahora los míos— sabían la verdad del accidente, ese choque fatal que hace siete meses destruyó mi cuerpo original y dejó a Abigail con muerte cerebral. Los doctores trasplantaron mi cerebro a su cuerpo en un procedimiento experimental, y fingimos que Héctor había muerto. Ahora era una madre soltera, una viuda cuidando a nuestro pequeño con todo el amor que podía dar.


Llegué al Hotel Imperial, un lugar lujoso con salones iluminados por candelabros cristalinos y música suave de fondo. La cena de caridad era elegante, con mesas cubiertas de manteles blancos y gente vestida de gala. Caminé con tacones altos, sintiendo cómo mis caderas se movían de forma natural, atrayendo miradas. Imitaba el andar de Abigail, esa forma coqueta de inclinar la cabeza al saludar. "¡Abi! ¡Cuánto tiempo sin verte!", exclamó una voz familiar. Me giré y vi a Fabián, mi ex mejor amigo como Héctor. Alto, moreno, con una sonrisa encantadora que siempre me hacía reír en nuestras noches de cervezas y charlas sobre deportes. Ahora, él me miraba como a una mujer hermosa, sus ojos deteniéndose en mi escote. "Fabián, ¡qué sorpresa verte aquí!", respondí, imitando el tono juguetón de Abi, abrazándolo con un roce sutil que ella habría usado.


Sentí un cosquilleo en mi estómago, mis pezones endureciéndose bajo el vestido. "Verte sola me da tristeza Abi, lo siento tanto. Héctor era un gran tipo, mi mejor amigo pero... Me alegra ver qué ya sales de nuevo de tu casa", dijo él, con genuina tristeza en los ojos, tomándome la mano.


"Gracias, Fabián. Ha sido devastador... perderlo así, de repente. Pero sigo adelante por nuestro hijo. Él es mi todo ahora". Charlamos un rato: me contó que se había divorciado hace un año, que su matrimonio se había desmoronado por diferencias, y que ahora estaba solo, enfocado en su trabajo como abogado. Yo, como Abi, le conté anécdotas sobre mi "viudez," de cómo extrañaba las noches en familia, "Eres increíble, Abi. Siempre has sido esa mujer fuerte, coqueta, que ilumina cualquier habitación", me dijo, mirándome seductoramente. La química era palpable; como Héctor, lo conocía bien, sus gustos, sus bromas así que no era difícil tener una buen conversación. Pero ahora, con este cuerpo, mi ser respondía de forma diferente y entre algunos tragos y la plática un calor húmedo se acumulaba entre mis piernas. "Me encantaría... ser mujer, nunca pensé estar con un hombre pero..." pensé.


Nos separamos, la cena transcurrió entre discursos emotivos sobre la caridad y subastas de arte, pero mis ojos no dejaban de cruzarse con los de Fabián. Al final, me acerqué a él en el bar, sintiendo mi corazón latir fuerte. "Fabián, ha sido bueno verte... Me has hecho sentir menos sola esta noche", le dije, tocando su brazo con esa coquetería de Abi. Él sonrió: "Abi, no tienes idea de lo mucho que me alegra oír eso," nos despedimos y justo cuando iba saliendo escuché. "Quieres... subir a mi habitación? Reservé en hotel una suite, y ya sabes, podríamos charlar y beber algo más tranquilos". Asentí, mordiéndome el labio inferior como Abi solía hacer en momentos de anticipación. "Sí, me encantaría". Subimos en el ascensor, el silencio cargado de tensión sexual. En la habitación, una suite con vistas panorámicas a la ciudad y una cama king size, cerró la puerta yo en el ventanal me giré hacia él quien abrió una botella de champagne y la noche comenzó a fluir poco a poco, primero plática luego risas al final yo comenzaba a actuar más femenino de lo que normalmente hacía y en un impulso no se si por el alcohol o si fueron las ganas me lance a el y lo bese.


"Ayúdame con el vestido, por favor", susurré, dándole la espalda, mi voz temblando de emoción. Sus manos bajaron el cierre lentamente, y el vestido cayó al suelo, revelando una tanga de encaje negro que acentuaba mis grandes nalgas, "hoy pensé que sería especial," dije sonriendo.


Me gire hacia el, vi su erección creciendo en sus pantalones. "Eres hermosa, Abi. Siempre lo pensé, pero ahora... verte así frente a mi...", murmuró, con voz ronca. "Gracias, Fabián. Me haces sentir deseada de nuevo", respondí fingiendo la voz seductora de Abi. 


Me arrodillé frente a él, desabrochando su cinturón con manos temblorosas por el nervio que me daba hacerlo. Cuando saqué su pene, me quedé asombrado: era grueso, largo, venoso, palpitante. Como Héctor, nunca lo había visto así de cerca; como Abi, sentía una urgencia por probarlo. 


"Dios, Fabián, es enorme... Nunca imaginé que tuvieras algo así... Entre tus piernas", dije, tocándolo con emoción. Lo acerqué a mis labios y lo chupé lentamente al principio, saboreando la salinidad de su piel, moviendo la lengua alrededor de la cabeza hinchada. Fabián gemía: "Abi, eso se siente increíble... Tus labios son perfectos". Aceleré, metiéndolo más profundo en mi boca, sintiendo cómo mi vagina mojaba mis muslos. "Me encanta esto", pensé. Hasta ahora solo me masturbaba, frotando mi clítoris hasta correrme, pero esto es diferente, me gusta.


Me levantó con gentileza y me acostó en la cama. "Déjame verte, Abi", dijo, abriéndome las piernas con cuidado. Estaba expuesta, mi vagina rosada y húmeda ante él, mis labios hinchados por el deseo. Sus dedos la abrieron suavemente, explorando mis pliegues mojados. "Estás tan mojada para mí... aquí abajo", comentó, y yo suspiré: "Sí, Fabián, es por ti... He esperado tanto por esto, que después de tanto tiempo... Alguien me haga sentir mujer". Me besó ahí abajo, lamiendo mi clítoris con experiencia, y un orgasmo me recorrió como una ola eléctrica, más intenso que cualquier masturbación solitaria. "¡Ah! Me encantaría ser cogida... Que tú me cogieras", exclamé, jadeando. Luego, posicionó su pene frente a mis labios y con sus manos me levanto las piernas.


Sonrió, su pene entró despacio. "¡Dios, es tan grande!", gemi, sintiendo un placer increíble. "Me gusta tanto... sentirte dentro de mí". Empezó a moverse, embistiendo con ritmo creciente, mis pechos rebotando con cada empuje. "Tu pene se siente tan bien, Fabián... No pares", le supliqué con pasión.


Cambiamos de posición y me senté de espaldas a él, guiando su pene dentro de mí con una mano, y cabalgué con fuerza, sintiendo cómo golpeaba profundo en mi útero. "¡Sí, así! Me encanta sentirte hasta dentro", grité, mis caderas moviéndose con la gracia con la que lo hacía Abi. Me

 Estaba volviendo loco, este placer era impensable, nunca imaginé que una mujer se podía sentir así... Que Abu sentía esto cada vez que cogíamos es simplemente increíble como un pene me puede entrar y salir para darme tanto placer.


Él se vino dentro, su semen caliente inundándome, desbordando. "Siento tu semen... es tan caliente, tan perfecto", murmuré, temblando de placer. "De alguna manera siempre soñe con cogerte así Abi..." Soltó Fabián, yo simplemente sonreí y respondí "ojalá lo hubieras hecho antes Fabián," lo dije, mientras gemidos de placer salían de mi boca.


Me vestí rápidamente, pero el semen goteaba de mi vagina, manchando el vestido morado. Me senté en la orilla de la cama, con una sonrisa de satisfacción en el rostro, mis mejillas sonrojadas. Fabián me besó suavemente: "Esto fue increíble, Abi. Me ha encantado". Yo, aún temblando, respondí con emoción "Para mí también fue rico, Fabián. Después de tanto tiempo sola... (y masturbándome en secreto) Esto me ha recordado lo hermosa que es la vida con alguien a tu lado".


Unos meses después, Fabián y yo comenzamos a salir. Comencé a amarlo

 profundamente, cada cita que tuvimos me mostraba su gentileza y me hacía sentir deseada y protegida, no sabía que siempre había necesitado un hombre asi. Él entendía que "soy viuda" y me apoyaba con mi... Bueno, nuestro hijo, convirtiéndose en una figura paterna en la casa. Esa noche, en mi casa —con el niño durmiendo plácidamente en su habitación—, decidí invitarlo a vivir con nosotros pero de una manera diferente. Abrí la puerta de mi dormitorio vestida con una lencería de cuero negra: un corsé ajustado que apretaba mis senos, haciendo que parecieran aún más grandes y tentadores, unas medias negras, tacones a juego con unos guantes negros de latex y para finalizar no me puse tanga ya que quería parecer una zorra para el. Mi vagina ya estaba mojada solo de pensarlo, era un goteo cálido bajando por mis muslos.


"Ven, amor mío", le dije a Fabián, el entro asombrado "q... qu... que pasa querida? Y esa ropa?..." Respondió apenado y visiblemente emocionado, era algo que sus pantalones no podían ocultar. "Oh! Hablas de esta lencería? Era algo que tenía guardado para una ocasión especial, quieres que está sea la ocasión especial?" Pregunte utilizando mi mirada más seductora. La verdad la Abigail de antes nunca hubiera hecho esto, ella era muy refinada e incluso podía llegar a ser penosa y recatada, pero ahora yo soy ella y si quiero que sea una zorra, por qué no?

 

Sente a Fabián en la cama y comencé a bailarle un poco, mavis mis nalgas enfrente de el, tomaba sus manos y hacía que tocara mis senos grandes hasta que parépor lo excitada que estaba y comencé a masturbárme de pie frente a él, mis dedos deslizándose en mis labios húmedos, frotando mi clítoris con círculos lentos.


"Mírame, Fabián... Me encanta que me desees con la mirada, esto podría ser para siempre, podría ser esta mujer sexy y solo una zorra para ti, solo tienes... Tienes que aceptar vivir conmigo". Él me miró con deseo puro: "Abi, eres irresistible. Te amo tanto y ya sabes mi respuesta". Le hice una seña con la mano para que se acercara, y me arrodillé para darle sexo oral, chupando su pene con gran maestría, saboreando cada centímetro, metiéndolo profundo hasta que gemía mi nombre.


Luego, lo empujé a la cama y me coloqué arriba de él. "No sabes cuánto me gusta verte debajo de mi cariño, me encanta tomar las tiendas del momento", sonreía y no era para menos, me gustaba tener este poder femenino, tal vez me recordaba un poco al control que tenía como hombre, la diferencia es que ahora yo disfrutaba de ser penetrada por un pene grande y grueso.


Con una mano sostuve su pene erecto, grueso y listo, lo introduje en mi vagina y me senté completamente,j sintiendo cómo me llenaba hasta el fondo. "¡Dios, te amo, Fabián! Me encanta sentirte como tu pene me penetra toda y que me hagas sentir así de bien", gemí, desabroché el corset de arriba y deje que mis senos fueran libres, comencé a moverme arriba y abajo con ritmo apasionado, mis senos rebotando.


Cambiamos a perrito, dónde él me agarró por la cintura con fuerza, embistiendo fuerte desde atrás, llenando mi útero con cada golpe poderoso. "¡Más profundo, amor! Lléname toda", supliqué, sintiendo el placer construir como una tormenta, mis gemidos ecoando en la habitación.


Finalmente, en misionero, me agarré de su espalda musculosa mientras me penetraba con intensidad, sus embestidas profundas y rítmicas. "Te amo, Abi... Voy a correrme", gruñó, y se vino dentro de mí, su semen caliente desbordando, inundando mi interior. Quedé tendida en la cama, llena de semen que goteaba de mi vagina, con el rostro contorsionado en puro placer, mis ojos cerrados en éxtasis.


Fabián se levantó de la cama estaba frente a mí, su pene aún chorreando gotas de semen del orgasmo, respirando agitado. "Eres perfecta, mi amor. No imagino mi vida sin ti, al parecer es hora de ser el hombre de esta casa", dijo, besándome. Yo, exhausta y feliz, respondí con voz ronca: "Y yo amo esta vida, Fabián y muero por qué vivamos juntos".



No hay comentarios:

Publicar un comentario